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martes, 22 de abril de 2008

APRENDER SIN LOS OTROS

Es imposible aprender a solas. Esta afirmación es debatible y está debajo de las opiniones a favor y en contra del uso intensivo de tecnología para la educación.
Cada día aprendemos algo, digamos, aunque parezca que no y que los días pasan grises y redundantes. Y no necesitamos maestros. No parece que los necesitemos. Yo creo que sí. En la medida que no es “la mente” la que aprende, sino “todo yo”, y todo yo significa que aprendo con el cuerpo o que el cuerpo aprende: aprendo a esquivar a otros en la calle o a acercarme, aprendo a respirar a pesar de este smog incesante, aprendo a dar la mano de manera franca. Y en este aprendizaje, ¿cómo llego a su plenitud?, cuando el otro con el que aprendo o los otros que están ahí cuando aprendo tienen algunas reacciones, sin que hablen, necesariamente. Maestro puede ser cualquier otro que nos va notificando o advirtiendo de esa plenitud del aprendizaje, que nos va mostrando lo que nos falta o los errores, maestro involuntario o voluntario. Como sea, sin los otros, muchos aprendizajes no existirían.